Los defensores de las corridas de toros (que no es la fiesta nacional, ni tan siquiera una fiesta) argumentan en muchas ocasiones que en el ruedo se produce una lucha justa entre hombre y animal. Yo lo que veo es un señor al que se le presupone inteligente, vestido con un traje ridículo y una espada, contra un ser irracional que no es capaz de darse cuenta que persigue un trozo de tela.
Claro que el toro tiene cuernos. Lo malo es que cuando los utiliza y se produce una cogida (americanismo literal para el torero), el resto de los amigotes (cuadrilla) impiden que el toro continúe la pelea, pues de otra manera el bravo animal acabaría por matar al guiñapo en el que se convierte el diestro (o siniestro).
Una persona racional entendería en este punto que el toro ha vencido, y que si de verdad indultaran a los toros, ese sería un buen momento para hacerlo. Sin embargo, si la herida no es lo suficientemente grave como para que se lleven al torero a la enfermería, este dispone de una segunda oportunidad para rematar la faena (la que le hacen al toro).
Entonces, con rabia contenida y un “dejarme solo”, se lanza contra el animal para rehabilitar su maltrecho orgullo. No le da verguenza que se lo hayan puesto como a Fernando VII. Al contrario, se estira hasta lo imposible con actitud chulesca cuando culmina la muerte anunciada del único ser en la plaza que no ha podido defenderse.
Y esto, no me parece demasiado justo.
Claro que el toro tiene cuernos. Lo malo es que cuando los utiliza y se produce una cogida (americanismo literal para el torero), el resto de los amigotes (cuadrilla) impiden que el toro continúe la pelea, pues de otra manera el bravo animal acabaría por matar al guiñapo en el que se convierte el diestro (o siniestro).
Una persona racional entendería en este punto que el toro ha vencido, y que si de verdad indultaran a los toros, ese sería un buen momento para hacerlo. Sin embargo, si la herida no es lo suficientemente grave como para que se lleven al torero a la enfermería, este dispone de una segunda oportunidad para rematar la faena (la que le hacen al toro).
Entonces, con rabia contenida y un “dejarme solo”, se lanza contra el animal para rehabilitar su maltrecho orgullo. No le da verguenza que se lo hayan puesto como a Fernando VII. Al contrario, se estira hasta lo imposible con actitud chulesca cuando culmina la muerte anunciada del único ser en la plaza que no ha podido defenderse.
Y esto, no me parece demasiado justo.

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