Una noche soñé con ella. Era rubia, preciosa y risueña. O quizás no, pero estábamos enamorados y ella era, literalmente, la mujer de mis sueños. Hablábamos, paseábamos, hacíamos el amor. Luego amanecía, pero ella volvía cada noche. Era una relación a distancia, un amor platónico, algo irreal e imposible. Sin embargo, nunca me había sentido tan dichoso, lleno de energía, y por qué no decirlo: feliz. Y de pronto ocurrió. Una tarde, mientras paseaba distraído la ví a lo lejos. Su melena rubia, mi vestido favorito. Era ella en carne y hueso, caminaba hacia mí, iba a trastocar mi mundo.
Sigilosamente cambié de acera.
Sigilosamente cambié de acera.

1 comentarios:
¡Excelente relato, Fernando!
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